Una de las primeras veces que Cristofer se emocionó con la música fue cantando a gritos de walkman: “Cómo me gustaría ser negro, y con mucho olor” de Charly. Allí, Cristofer reconoció algo de su propia personalidad, lo cual, es extraño dada su incapacidad absoluta de comprender a otros, y a sí mismo. Desde entonces Cristofer fantasea seguido (y eso es mucho, puesto que no hace otra cosa que fantasear) con ser Hendrix y tener por pareja a Billie Holiday. A veces incluso, en los momentos de más honestidad, con ser Billie y lamer a Jimi.
De estas habituales fantasías surge el siguiente pasticho, que sólo una persona con el grado de confusión de Multisanti podría llegar a considerar un homenaje a ambos.
Además, cansado de que critiquen su pronunciación en inglés, la tradujo al castellano. La muerte juvenil en el apogeo de jóvenes artistas es una total injusticia, no puede uno dejar de pensar mientras escucha el zafarrancho, pudiéndonos liberar de la adiposidad grasienta de Multisanti.
Decir que Cristofer tiene algún amor platónico con alguien es predicar emociones demasiado complejas de un ser que no puede hacer dos cosas a la vez, y por una de ellas cuenta la digestión. Ha tenido, sí, muchas calenturas, muchas de ellas con estrellas de cine, de telenovelas o músicos, de cualquier sexo y especie (si contamos uno dentro de sus primeros enamoramientos a Lazy. Igual de inalcanzables para él, Pamela Anderson que la kiosquera de la esquina, no discrimina entre lo real y lo virtual. Uno de estas calenturas, tal vez una de las más importantes, fue con Gilda. Cuando murió, quedó absolutamente desconsolado.
Intento arreglar, el, según sus propias palabras ”ultraje” de Ataque 77 , con un ultraje mucho más violento.
Pocas imágenes, que no involucren desnudez, conmueven a Cristofer, cuya única profundidad se encuentra en el peludo abismo de su ombligo. Tiene, sin embargo, cierto amor por los animales, producto de que sus mejores amigos, durante la niñez, en la que no era tan feo pero era igualmente de estúpido y rechoncho, fueron perros, gatos y tortugas (este naturalismo proteccionista que suele predicar es difícilmente reconciliable, sin embargo, con el placer que le produce oler sus propias evacuaciones a cinco horas de haber engullido el kilo de asado habitual con el que almuerza cada vez que puede).
Así es que la no muy sutil idea de una manifestación de animales por la vida le provocó que se le erizaran el mullido pelaje que recubre su piel por 5 minutos, y que propusiera esta versión. Si aguantan hasta el final (no es fácil) verán lo emocionado que entona las líneas en cuestión.
También se lo nota conmovido al mencionar al esperma urgente…
Otro compinche incomprensible de Cristofer: Martole Aguasero (éste es el único nombre inventado en estas crónicas, pues tememos que la poderosa familia de Martole ejerza acciones legales cerrando este espacio,el nombre real, es mucho menos cubano). Luego de abandonar el curso de timonel al que lo instaba su familia, no sin reproches de los ancianos Aguasero, Martole decide, con algo de asco, comenzar el cbc para Diseño de imagen y sonido, en la sucia Universidad de Buenos Aires. Tenía hambre de vida “real” y de gente “real”, y suficienteconsciencia de clase como para sentirse avergonzado. Así como Dios encarnó (o debería haber encarnado) en Judas, Martole se hizo amigo, enla primera materia que cursó, del personaje más estrafalario, más feo, más gordo, más ordinario, nuestro amigo Cristofer. Martole se siente con él enfangado en el noúmeno. Otra cosa los unía, su falta de talento musical y su sensación de ser músicos, que ellos (y nadie más) respetaban el uno en el otro. Por otro lado, el hecho de que Martole sienta poseer un sentido estético privilegiado y peculiar, hace que el resto quede en pie de igualdad. Nuestro fofo y vulgar amigo, queda alineado con el resto del resto de los mortales. No difiere en esto de Fito Paez o Gershwin. A Martole le daría igual formar un dúo con cualquiera de ellos tres (siempre y cuando no se caiga en virtuosismos y ese tipo de grasadas).
Eh aquí un dibujo que Martole hizo de Cristofer (con una paleta que simula elegida pero en realidad determinada por la contingencia de los cuatro lapices a disposición) , y que Cristofer, con la esperanza de los idiotas, espera utilizar como tapa de su imposible primer disco.
Los músicos sin personalidad no copian, se contagian, de los verdaderos músicos. Aquí podemos encontrar una versión de So in love en el período en que ambos habían descubierto a Tom Waits y habían visto, juntos, a las tres de la tarde en una sala vacía (salvo por tres viejas) de un cine de recoleta, la película De Lovely sobre Cole porter. El acceso de tos que Cristofer tuvo después de la grabación, lamentablemente, fue borrado por él mismo, pues Cristofer se avergüenza de todas las emanaciones que excreta su cuerpo (como si un pulpo se avergonzara de sus tentáculos).
El acceso de tos era lo menos desagradable.
El cuestionable Lujanbio Plaza utilizó esta música como soundtrack de uno de sus videítos.
Cuando el apodo con el cual los compañeros de trabajo lo llaman a uno es “Torrente” (Cristofer que sólo se sospecha gordo, feo, tonto y cabezón, trata de justificar el apodo en lo gracioso) los hobbies se vuelven una vía de escape. La guitarra ha cumplido esta función para Cristofer desde que sus compañeritos de jardín que apenas sabían hablar le decían “Bola de grasa” con perfecta dicción.
Esto tal vez justifique una versión tan emotiva (lo que no le quita lo espantosa) de Creep.
Cristofer detestaba Radiohead por blanditos. En realidad nunca los había escuchado. Los confundía con Nirvana y, de hecho, pensaba que Creep era un tema de U2. Los descubrió tardíamente y la identificación fue instantánea. Aunque, por supuesto, una cosa es tener un párpado medio caído, ser un poco petizo y algo orejudo, y otra es ser un engendro de la naturaleza, que puede, según un profesor de filosofía de la secundaria, justificar por sí mismo el aborto postparto.
Sobre el final de una noche (que por la esperanza que da la falta de sexo, suelen ser interminables) Cristofer se encuentra con un compañero de trabajo, que consideraba un idiota (aprendió a considerar idiotas a la gente que conoce, para ganarles de mano). –Yo a vos te conozco- le dijo mientras un hilo blanco de vómito resbalaba por su remera de Hendrix. Allí empezó una extraña amistad sustentada sobre el secreto enamoramiento que Cristofer tiene por Lujanbio, y sobre la gracia que le causa a Lujanbio la papada bamboleante de Cristofer.
Así como Cristofer tiene como objetivo inalcanzable ser un gran músico y suicidarse, Lujanbio quiere ser cool. Poeta, director o productor de documentales, publicista, pintor de paracaídas… da igual. Su sueño es una tarjeta personal “minimalista” en la que figure únicamente su nombre de pila, y debajo, “creativo” (y tal vez un mail).
Lujanbio considera que el diseño, la impresión y el pegado de los códigos de barras en los productos de Coto, a lo cual dedica 10 horas por día, se encuentra de algún modo en algún punto de la recta progresiva que lo llevará, alguna vez, a ser un empleado importante en Google, de esos que viajan de la oficina a su casa en tobogán. Sus mal llevados treinta años, sus adicciones y algunas enfermedades (no todas veneras) nos lleva a dudar de la consecución de sus objetivos a largo plazo.
En medio de su mediocre vida, aprovecha cada oportunidad para dar rienda suelta a su creatividad (eufemismo de inmadurez). En este caso, filmó, dirigió, edito y actuó el único video clip para un tema de Cristofer Multisanti (en el cual también canta).
Cristofer, como muchos argentinos, aprendió disfrutar de la espantosamente cara y espantosa costa argentina. Se pasa 15 días, que es todo lo que sus músculos abdominales, bastante desarrollados por meter constantemente panza, pueden aguantar. Una noche en que el viento aminora lo suficiente como para que los granos de arena vuelen pero se entrometan sin dolor entre sus exuberantes rollos, Cristofer decide bajar a la playa. Avista la cetácea figura de una chica sentada en la arena con las rodillas entre sus brazos.
En la historia de vida de Cristofer, se puede encontrar una relación inversamente proporcional entre su peso y sus pretenciones. Con su metro 60 y sus 80 kilos este verano sus pretenciones se encuentran por el piso. Eso, sumado a la precocidad enamorativa de los que nunca cojen, hace que Cristofer, cual Scarface Sioux, reciba media docena de flechazos por día.
“Esa estrella que está allá es Antares…” le dice Cristofer al oído. “Es un planeta pelotudo, es venus” le contesta mientras se va, luego de reponerse del pisotón, de recuperarse del susto y de estar lo suficientemente alejada del aliento a media docena de empenadas de cebolla que emite Cristofer hasta por la nariz. “Forrrrrrrroo” se la escucha decir a lo lejos.
Al rato, Cristofer, se cuela en una fogata ante los ojos desconfiados de un círculo de primates que se acicalan golpeando una guitarra que suena desconsolada. Mientras alguien canta Tiritando, se larga a llorar desconsoladamente, en un ataque que le saca espuma de cerveza por la nariz. Nunca había escuchado una letra tan triste. Abandona corriendo la playa entre gritos de llanto mezclado con erutos de cerveza caliente y arenosa.
En esta versión de Tiritando, corrige otra vez el estilo de una canción, remitiendo a aquella vez que por desconocimientos de astronomía perdió, en las flageladoras playas de Monte Hermoso, a aquella sirena (ninguna de cuyas mitades era preferible a la otra):
Cristofer nunca entendió una sola letra en inglés (si somos estrictos, tiene serios problemas para entender las letras en castellano, lo hemos oído cantar a los gritos “en vivo cama y control, me voy cayendo a sus pies”…). Se justifica apelando a su condición de músico, que supuestamente le permite trascender el lenguaje: “una nota vale lo que mil palabras” dice retorciendo su única ceja en un gesto que no comprendemos.
Sin embargo, viendo De lovely, descubre la irónica gracia de las canciones de Cole Porter. “Es como que dicen cosas sin decirlas, o diciendo otras, pero diciéndolo gracioso” intenta explicarse. Decide que es necesario traducir las letras de jazz. No tiene conciencia de sí, no tiene ideologías pero le surge un extraño nacionalismo metalero con el que proyecta traducir 30 temas clásicos de jazz. Diccionario en mano, lengua entre los dientes, lápiz de punta redondeada, tarda un mes en llegar a algún resultado con Embraceable you de Gershwin.
Descubre entonces, que la letra es tan boluda que sólo puede ser entonada en un bolero.
Un experto amigo señala que el cambio de estilo en la traducción de un tema inglés al castellano se vuelve casi necesario. “En castellano, el acento suele recaer en la penúltima sílaba, y eso no funciona con la sintaxis del jazz norteamericano”. Cuando le mostramos la creación de Multisanti opina: “esto una mierda…”.